En Alba de Yeltes un asiento vacío que también formó parte de la función
La iglesia de la Asunción de Nuestra Señora de Alba de Yeltes acogió una nueva función de “Juan, el espíritu del amor”.
Hay aplausos que permanecen mucho tiempo después de que el telón haya caído. Y hay espectadores que, aunque ya no puedan ocupar su asiento, siguen estando presentes en cada representación.
La iglesia de la Asunción de Nuestra Señora de Alba de Yeltes acogió una nueva función de “Juan, el espíritu del amor”, dentro de la gira promovida por el Área de Cultura de la Diputación de Salamanca con motivo del Año Jubilar de San Juan de la Cruz. La representación fue posible gracias a la colaboración del Ayuntamiento de Alba de Yeltes, el apoyo de la Parroquia y de la Diócesis de Ciudad Rodrigo, completando así la trilogía de montajes escritos y dirigidos por Denis Rafter que han llegado a esta localidad.
No todos los pueblos pueden decir que han acompañado, obra tras obra, el recorrido artístico de un mismo equipo. Alba de Yeltes sí puede hacerlo. Primero llegó “Teresa, la jardinera de la luz”. Después, “Buscando a Nebrija”. Y ahora, “Juan, el espíritu del amor”. Tres historias diferentes, unidas por una misma forma de entender el teatro: la de acercar la cultura a las iglesias y a los pueblos, convirtiendo el patrimonio en un espacio de encuentro.
Pero esta tercera visita tuvo también un inevitable componente emocional.
Entre el público faltaba Leticia. Había asistido con ilusión a las dos representaciones anteriores de esta trilogía teatral y disfrutó de ellas como tantas otras personas de Alba de Yeltes que sienten la cultura como una forma de compartir la vida del pueblo. La primavera de 2024 se la llevó demasiado pronto, y quienes la conocieron no pudieron evitar recordarla durante esta tercera cita. Resultaba fácil imaginarla ocupando uno de los bancos de la iglesia, sonriendo ante algún diálogo, emocionándose con la música o aplaudiendo al final junto al resto de los vecinos. De alguna manera, su recuerdo también formó parte de la representación.
El teatro tiene esa extraña capacidad de conservar la memoria. Cada escenario guarda el eco de quienes lo pisaron y cada sala conserva, de alguna manera, el recuerdo de quienes ocuparon sus asientos. Las personas pasan, pero permanecen las emociones compartidas. Permanecen las conversaciones al salir de la iglesia, los comentarios sobre una escena, las sonrisas al reconocer a un actor y los aplausos que nacen cuando una historia consigue llegar al corazón.
San Juan de la Cruz escribió que «donde no hay amor, pon amor y sacarás amor». Quizá también podría decirse que donde hubo afecto, amistad y recuerdos compartidos, siempre queda una huella imposible de borrar.
La representación volvió a emocionar al público, que despidió con una larga ovación a los cinco intérpretes. Pero aquella tarde los aplausos parecían contener también un recuerdo silencioso para Leticia. Porque el teatro, como la vida, termina cuando cae el telón. Lo que permanece son las personas con las que compartimos esos momentos. Mientras alguien las recuerde, seguirán ocupando un lugar entre nosotros.
Quizá ese fue el instante más hermoso de la representación en Alba de Yeltes: comprobar que una comunidad también sabe rendir homenaje desde el silencio, el afecto y la memoria. Y que, por unas horas, Leticia volvió a estar presente allí donde tantas veces había disfrutado de la cultura junto a sus vecinos.
(Javier de Prado)
















