Campillo de Azaba: la cultura de un pueblo que sigue vivo
Representación de «Juan, el espíritu del amor» en la iglesia de la localidad
Hay una forma de medir la vitalidad de un pueblo que no aparece en los censos. Consiste en observar qué ocurre cuando llega una propuesta cultural. Si se abren las puertas, si los vecinos acuden, si se llena un espacio y si, al terminar, queda conversación y emoción, algo importante sigue latiendo.
Campillo de Azaba lo demostró en la iglesia de San Sebastián, donde tuvo lugar una nueva representación de Juan, el espíritu del amor, dentro de la gira impulsada por el Área de Cultura de la Diputación de Salamanca con motivo del Año Jubilar de San Juan de la Cruz.
La actuación contó con la colaboración del Ayuntamiento, la Parroquia y la Diócesis de Ciudad Rodrigo y tuvo, además, una circunstancia muy especial: coincidió con el día del eclipse.
Fuera, el cielo ofrecía un espectáculo que atrajo todas las miradas. Dentro, los vecinos se reunían para escuchar otro tipo de historia. La de San Juan de la Cruz, contada a través de la interpretación, la música y la poesía.
La imagen resulta difícil de ignorar. Mientras el cielo cambiaba durante unas horas, una pequeña comunidad volvía a demostrar que también puede cambiar el uso de sus espacios sin perder su identidad. La iglesia de San Sebastián se convirtió en escenario, lugar de encuentro y espacio cultural.
Eso es, en buena medida, la España rural que resiste.
No una España encerrada en la nostalgia, sino una España que conserva sus raíces y al mismo tiempo busca nuevas formas de encontrarse. Una España que mantiene sus iglesias, sus fiestas y sus tradiciones, pero que también quiere teatro, música, poesía y experiencias culturales de calidad.
El público de Campillo de Azaba, que llenó la iglesia, respondió con atención y con una larga y cálida ovación a los cinco intérpretes. El aplauso fue mucho más que el final de una función: fue la expresión de una comunidad que había compartido una experiencia.
La cultura tiene precisamente esa capacidad. Puede convertir un edificio patrimonial en un lugar vivo y una actividad puntual en un recuerdo colectivo.
El eclipse duró un tiempo limitado. La representación también. Pero las dos experiencias dejaron algo que permanece: la certeza de haber vivido un día distinto.
Porque un pueblo sigue vivo cuando todavía tiene lugares donde reunirse, historias que contar y personas dispuestas a escucharlas.
Y eso, en Campillo de Azaba, volvió a ocurrir.












