27 de agosto de 2026

Nao d’amores confirma todas las expectativas con su sólida «Farsa y licencia de la reina castiza»

La producción, a pabellón completamente lleno, destacó por su ritmo, su precisión interpretativa y la vigencia de la sátira de Valle-Inclán

Farsa y licencia de la reina castiza ha llegado este jueves al Espacio AFECIR como uno de los espectáculos que mayor expectación habían despertado dentro de la XXIX Feria de Teatro en Ciudad Rodrigo. Las localidades estaban agotadas desde apenas un día después de la apertura de las taquillas, una demanda que terminó traduciéndose en un recinto lleno para recibir la producción conjunta de Nao d’amores y el Teatro Español.

La obra de Ramón María del Valle-Inclán traslada al público hasta la corte de Isabel II, donde la aparición de unas comprometedoras cartas desencadena chantajes, intrigas y disputas entre las distintas camarillas de palacio. La corrupción, el oportunismo y la doble moral terminan contaminándolo todo, hasta provocar que los personajes se unan para proteger sus privilegios y ocultar sus propias miserias.

Bajo la versión y dirección de Ana Zamora, el montaje convirtió esta sátira política en un gran retablo grotesco, poblado por personajes que parecen oscilar constantemente entre lo humano, la caricatura y el títere. El espectáculo entendió bien que el esperpento no consiste únicamente en exagerar, sino en deformar la realidad lo suficiente como para mostrar con mayor claridad aquello que se esconde detrás de las apariencias.

Uno de sus principales aciertos estuvo en el equilibrio entre el respeto por la palabra de Valle-Inclán y una puesta en escena de enorme viveza. El lenguaje popular, mordaz y cargado de ironía conservó toda su fuerza, pero fue acompañado por un ritmo ágil que evitó que el texto quedase encerrado en su contexto histórico. La función avanzó con fluidez, alternando la comicidad, la crítica y los momentos de mayor crudeza sin perder coherencia.

También sobresalió el trabajo conjunto de un reparto formado por Miguel Ángel Amor, Paula Iwasaki, Alejandro Pau, Aisa Pérez, Rafael Ortiz e Isabel Zamora. Más que apoyarse en un único protagonismo, la producción encontró su fortaleza en la precisión del conjunto, en la expresividad corporal y vocal y en la capacidad de los intérpretes para construir una corte deliberadamente artificiosa, decadente y ridícula.

La dirección musical de Víctor Pliego de Andrés, la coreografía de Javier García Ávila, el vestuario de Deborah Macías y el espacio escénico y trabajo de objetos de David Faraco no funcionaron como simples acompañamientos. Todos estos elementos contribuyeron a crear una identidad plástica muy definida, cercana al guiñol, la chirigota y el teatrillo popular, reforzada por una iluminación de Juan Gómez-Cornejo que terminó de ordenar y dar profundidad a la propuesta.

El resultado fue una función divertida, visualmente cuidada y, al mismo tiempo, completamente reconocible. Aunque la acción se sitúa en la España isabelina, los abusos del poder, la hipocresía institucional, las alianzas interesadas y la facilidad con la que las élites cierran filas para protegerse mantienen una evidente conexión con el presente. La risa no rebajó la denuncia, sino que se convirtió en su herramienta más eficaz.

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