(FOTOS) Villavieja de Yeltes vuelve a mostrar auténtica pasión charra ante la Virgen de los Caballeros
Tradicional acto procesional desde la ermita a la plaza Mayor, donde han bailado el Cordón en su honor
Ronda la luna llena y la noche se hace presente, es la hora. Numerosas personas rodean la pequeña ermita donde se reza la novena a la Virgen de los Caballeros. Es la noche del día de Santa Mónica, 27 de agosto, víspera del día grande en Villavieja de Yeltes. Los trajes de charro y charra se multiplican. Suena la gaita y el tamboril de José Ángel, acompañado por castañuelas. El corazón charro palpita a ritmo de tradición. Es la hora: la Virgen sale de la ermita camino de la plaza Mayor villavienjense y en sus manos un bastón de mando, el de la alcaldía.
Desciende la calle la Virgen María, acompañada por velas y cánticos. Todos quieren acercarse, todos quieren acompañarla. Villavieja trasluce fervor. Detrás de la imagen las mayordomas Mamen y Estefanía que acompañan al párroco Jesús Gutiérrez y al sacerdote Anselmo Matilla. En la plaza esperan.
La comitiva llega a una plaza abarrotada, que luce vestida de coso taurino y de fiesta. Todos los tendidos llenos de público y también gran parte del albero.
Los charros y charras desfilan en primer lugar, prolegómeno de la presencia mariana que irrumpe con solemnidad. La Virgen de los Caballeros ha llegado. Preside la parte alta del ágora, justo debajo de la Casa Consistorial, en cuyo balcón el profesor universitario de Historia del Arte Iván del Arco, que vino a Villavieja con un mes y se considera por tanto de la localidad, ofrece unas palabras con las que gran parte de los presentes empatizan al instante. Habla de su infancia, del acto que contemplamos, de la Virgen encontrada en Santidad, de lo que significa ser y pertenecer a la cuna de la charrería.
Y tras la intervención, una salve cantada por todo el público refuerza la idea de que lo que en Villavieja de Yeltes se siente por la Virgen de los Caballeros va más allá de las palabras, es pura acción y sentimiento. Llega el turno del baile del Cordón que termina con una acto de veneración, donde los bailarines y bailarinas finalizan inclinándose ante la Virgen. Un último baile es rematado con miles de personas entonando al unísono el «Villavieja de mi amor» y ante el canto sublime sólo puede sentirse admiración por un pueblo unido por la devoción mostrada en cada instante de esta noche agosteña. Vibra el alma.
En la recogida a la enorme iglesia gótico-renacentista, la imagen de la Virgen de los Caballeros vuelve a ser acompañada por numeroso público que se resiste a que finalice el especial instante. Todos aplauden y suenan las campanas. Ya en el interior, todos los presentes vuelven a entonar una canción. Finaliza el párroco con una oración y, tras ella, la foto de familia del grupo de charros. Cumplida la tradición que propicia la fiesta grande, en la noche de luna, aún se oyen los ecos de una canción: «desde que nací, la Virgen de los Caballeros, está velando por mí».
(Video en breve)










































































































