18 de septiembre de 2026

Aplausos de un público entregado en la representación de «Juan, el espíritu del Amor» en El Bodón

La impresionante iglesia de El Bodón, una joya arquitectónica del siglo XVI, ha sido un escenario especial para la representación

La impresionante iglesia de El Bodón, una joya arquitectónica del siglo XVI, ha sido un escenario especial para la  “Juan el espíritu del Amor”, obra de Denis Rafter representada con maestría por Juan Francisco Vicente, que también es director musical , Jenny Leyva, Maribel Sánchez, Maya Martínez y Tita Reyes.

Este montaje teatral es una iniciativa del área de Cultura de la Diputación de Salamanca con motivo del tercer centenario de la canonización de San Juan de la Cruz y el primero de su proclamación como Doctor de la Iglesia. Desde su estreno hace cuatro meses, se ha representado en más de 80 ocasiones recorriendo distintos templos de la provincia de Salamanca.

Con el retablo barroco bodonés de fondo, ha tenido lugar esta representación teatral dirigida por su autor y producida por Javier de Prado, que hoy ha sido el encargado de realizar la introducción explicando lo que más tarde el espectador va a confirmar: que se trata de una obra en la que hay música, pero no es un concierto, en el que hay lectura de poemas, pero no es un recital, y que lo que se va a ver, sin más, es una obra de teatro. También, ha destacado la contemporaneidad del mensaje de San Juan de la Cruz, palabras que hablan del dolor por la realidad que nos rodea, de emigración, de soledad, pero también de fortuna por encontrar lo bueno en las personas que nos rodean.

Cuenta la representación con un ritmo preciso, donde todo detalle es oportuno, donde los instrumentos musicales y la voz son más que meros transmisores de los que se sirve el intérprete ya sea con piano, violín, flauta o pandero cuadrado; las notas elevan al espectador que inicia ese viaje en el tiempo que se propone a través de las canciones y más allá. Cuentan la vida de San Juan de la Cruz, ensartan cada perla con delicadeza y se valen de elementos escénicos que van desde el vuelo de un pañuelo al hábito, pasando por la escoba o la capa que sirve como lienzo de claveles, símbolo extremo del dolor pero también del misticismo.

Y es precisamente misticismo lo que destila la obra, sin que el espectador se dé cuenta se va introduciendo en un mundo que, al principio, le es ajeno y, sin querer, es alzado a lo trascendente. No en vano, una voz de otro mundo habla a los protagonistas al final de la obra y no sólo a los personajes sino también al público presente que, sin percibirlo a través de la palabra, de las miradas, de los gestos e incluso de las lágrimas ha logrado ser un actor más en la representación. Catarsis colectiva, lo llaman. Será que eso es el teatro. El teatro que llega hasta al pueblo más pequeño de la mano del Espíritu del Amor, el que “ni cansa, ni descansa”. Bravo.

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