Artículo/ Precursoras de la economía social en Ciudad Rodrigo: la Cooperativa de San Andrés
Resumen de charla ofrecida el 11 de diciembre de 2016 en la sede de la asociación de vecinos de “San Andrés” por Rebeca Jerez
(Hace ya diez años que me invitaron a ofrecer una charla en la asociación de vecinos de San Andrés. La temática central fue la cooperativa de San Andrés que funcionó en este barrio, ejemplo de iniciativa comunitaria en Ciudad Rodrigo. Este es un resumen de aquella intervención.)
Enmarcada en la economía solidaria, junto al comercio justo, el consumo responsable y las finanzas éticas, se encuentra, la economía social.
En la economía social prima la persona y el objeto social sobre el capital, la adhesión es voluntaria y abierta, hay un control democrático de sus miembros, se rigen por principios de solidaridad y responsabilidad, son autónomos e independientes de los poderes públicos y los beneficios se destinan al desarrollo de sus objetivos, del interés del servicio a sus miembros y del interés general.
A esta idea pertenecen las empresas de inserción social y también las cooperativas.
Una cooperativa es una asociación autónoma de personas unidas voluntariamente para satisfacer sus necesidades y aspiraciones económicas, sociales y culturales comunes, a través de una empresa de propiedad conjunta y democráticamente controlada.
Son personas que deciden asociarse entre sí, a partes iguales. En una cooperativa todos los socios son propietarios. Tienen los mismos derechos y obligaciones. Reparten beneficios y también las pérdidas.
Aunque las primeras cooperativas en España se ubican en los años 30, siguiendo la estela de otras iniciativas como gremios y cofradías, es en los años 70 cuando las cooperativas en España llegan a su madurez. De 203 cooperativas de trabajo en 1975 se pasa a 1457 en 1981.
Muchas de estas cooperativas se encontraban impulsadas por sacerdotes, que impulsaba este tipo de iniciativas, ofreciendo alternativas económicas a los convecinos, de una manera transversal, que suponían además un desarrollo educativo, cultural y social.
Juan Matías Castaño, sacerdote impulsor de una iniciativa de economía social en Ciudad Rodrigo.
En Ciudad Rodrigo, también hubo un sacerdote que impulsó este tipo de iniciativas Juan Matías Castaño Sánchez párroco de San Andrés, Consiliario de Acción Católica, profesor del Seminario. Autor del libro “Amar la iglesia para cambiarla” y también de “Evangelio y felicidad”. Impulsor de la FRATER. Falleció el 18 de febrero de 2016, a la edad de 92 años y fue enterrado en Sepulcro Hilario, su localidad natal. Fue ordenado sacerdote el 21 de febrero de 1948. Matías Castaño fue superior del Seminario Diocesano, daba clase de literatura y latín, también sacerdote en Benavente, párroco en El Bodón y de la parroquia de San Andrés en Ciudad Rodrigo. Junto al sociólogo Javier Alonso Torrens realizaron el primer campamento para jóvenes en Navasfrías y el club Infantil y Juvenil de Actividades Recreativas (CIJAR). Posteriormente, se trasladó a Venezuela, donde estuvo como misionero. Al regresar, se instaló en Salamanca, donde fue párroco de Aldearrubia y Huerta. Ya de vuelta y jubilado, escribió en diversos medios de comunicación.
Cooperativa de “San Andrés”
Surge en la segunda mitad de los años 70, cuando era párroco Matías Castaño e impulsada por él. La idea, según comentaba en 2016 Isabel Manzano, una de las fundadoras de la cooperativa, la tuvo este sacerdote que solicitó unos cursos de formación y fue quien buscó la información para saber qué se necesitaba para realizar la cooperativa. Hubo dos cursos de formación de 18-20 personas cada uno. Después de la formación, se reunió a las mujeres que habían participado en estas clases formativas, y la misma persona que llevó a cabo la formación fue quien indicó los pasos para hacer realidad una cooperativa.
El sacerdote Matías les ayudó en estos comienzos, a conseguir incluso trabajo, porque si había que salir, él las acompañaba. Si había alguna dificultad, él las informaba. Él les ofreció las propias instalaciones parroquiales para instalar la cooperativa, que estaban en el centro parroquial en la primera planta.
En el 2016, aún se podía ver algunos resquicios de las instalaciones de esta cooperativa: tomas de luz, las lámparas dispuestas para tener iluminación cuando allí faltaba claridad, los tubos por donde iban los cables de las máquinas,…
En aquel lugar, comenzaron casi cuarenta mujeres (37 o así), que se asociaron en cooperativa. Entre ellas, además de Isabel Manzano, Mari Peinado, Tere Alaejos, Mari, la hija del capataz …
Era una cooperativa textil, cuyo objetivo era confeccionar ropa. A ellas les llegaba por piezas, cortada, y su labor era confeccionarla, convertirla en una camisa, un pantalón, una falda… Eran creadoras, de la nada hacían realidad.
Las integrantes de la cooperativa dieron una aportación al comenzar para constituir el capital social. Aquello fue la entrada de la maquinaria, después cada mes se iba pagando el resto. ¿Qué suponía esto? Que al principio no hubiera beneficios. Esto significaba que se trabajaba para sembrar, para construir, con la esperanza de que en un futuro esa incipiente industria fuera un puesto de trabajo estable, del qué vivir y, a veces, sobrevivir.
Todas las mujeres que trabajaban formaban parte de la cooperativa y todas eran mujeres. Algunas ya tenían los hijos mayores y otras eran solteras.
Poquito a poquito, con mucho esfuerzo y trabajo, fueron pagando la inversión inicial y al final consiguieron que la cooperativa fuera propietaria de la maquinaria.
La cooperativa de san Andrés trabajaba para empresas del exterior. Fábricas de textil de Valladolid, Benavente e, incluso, Barcelona. En Valladolid, la empresa para la que trabajaban era Madeco, que todavía en la actualidad se dedica a la confección en serie de prendas exteriores masculinas.
Con los años, muchas de las que empezaron se casaron y lo dejaron, otras cambiaron de lugar de residencia y no tuvieron otro remedio. Otras se fueron a trabajar a otras fábricas, por ejemplo, la del nailon que estaba en el campo del Pozo primero y después en la calle Sánchez Terán, al lado del Parador. Sin embargo, la cooperativa de San Andrés continuaba su trayectoria, porque al tiempo que salían unas mujeres, entraban otras. Siempre más o menos era el mismo número de mujeres. Hubo una época que estuvieron menos y el número de asociadas bajó a unas 22.
El trabajo era duro. Se trabajaba ocho horas. No había turnos. Trabajaban todas a la vez en cadena; por ejemplo, una se encargaba de las costuras de los costados, otra ponía mangas, otra cuellos,…, cada una realizaba la labor que mejor se le daba. Cuando una acababa con la labor con una pieza, la echaba al cesto de la siguiente en cadena para que continuara, así la misma prenda iba pasando por distintas manos hasta que finalmente era rematada y terminada. Cuando terminaba de elaborarse, Isabel era la encargada de realizar la revisión y a continuación se pasaba a la plancha y se colgaba. Después ya venían a buscarlas.
Al mismo tiempo que venían a buscar las confecciones terminadas traían nuevo material. Del transporte se encargaba la fábrica para la que trabajaban, fuera del lugar que fuera. Llegaban a traerles de cien a trescientas prendas para confeccionar. Cuando estaban hechas, llamaban por teléfono a la fábrica y ya venían a buscarlas. Siempre se procuraba que no parara la cadena, que siempre hubiese faena. Cuando Isabel veía que quedaba para un día, ya llamaba a la fábrica y avisaba.
Si no había trabajo en una fábrica se iba a buscar a otra. Había épocas en las que el volumen de prendas bajaba un poco porque las fábricas no siempre demandaban lo mismo, incluso hubo periodos de pausa, aunque esto no fue frecuente.
En la cooperativa, como en todas las formas empresariales de este tipo, todas trabajaban para todas. Si se producía poco se cobraba poco, si se producía más se cobraba más. Tenían sus propias normas internas, por ejemplo, en cuanto al horario. Si se llegaba tarde, había una multa, porque era la forma de que funcionara la cadena. Durante el tiempo que estuvo como párroco Matías Castaño, si había algún problema, él siempre echaba la mano para que la cooperativa saliera adelante.
Isabel Manzano, que como hemos explicado era una de las fundadoras, se jubiló tras 17 años y la cooperativa todavía se mantuvo en pie año y medio más, así que se puede decir que la cooperativa estuvo unos 18 o 19 años funcionando.
Aquella charla finalizó con una invitación a poner en marcha la maquinaria de la memoria y del corazón, completando una historia que fue tan importante para este barrio mirobrigense, una iniciativa de economía social en Ciudad Rodrigo.
(Rebeca Jerez Hernández)




